
En el área política, la situación no es menos dramática. El gobierno bolivariano controla totalmente los poderes legislativo y judicial. En las últimas elecciones, el candidato de la oposición Henrique Capriles habría ganado si los alegatos de fraudes hubiesen sido investigados de manera transparente y democrática. La oposición está dividida y, de manera creciente, reprimida. Muchos de sus líderes están presos y condenados, como ocurrió ahora con Leopoldo López. La corrupción y los alegatos de narcotráfico con la participación del gobierno aumentaron, con militares y civiles acusados de participar en esas actividades ilícitas. Según el Wall Street Journal, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, estaría siendo investigado por las autoridades de Washington por sus vínculos con el tráfico de drogas. Por ese motivo, el presidente Obama impuso sanciones a un gran número de funcionarios venezolanos, prohibiéndoles la entrada a EE.UU. Las fuerzas armadas están aparentemente unidas en el apoyo al gobierno socialista y cuentan con la ayuda y entrenamiento de la fuerza de seguridad cubana. El régimen venezolano ha recurrido al apoyo de China, Rusia, Irán y Brasil para sobrevivir. Las fricciones con Guyana por el territorio contestado se agravan. La OEA y la Celac no intervienen ya que Venezuela, con el apoyo de los países sudamericanos, prefiere utilizar a Unasur para intentar reducir las tensiones políticas internas. Recientemente, por presión de Unasur hubo un avance concreto para la convocatoria para elecciones parlamentarias en diciembre, amenazadas de ser pospuestas por la baja popularidad del gobierno (abajo del 20%) y por el riesgo de que el gobierno sea derrotado. Los resultados de esa elección podrán ser la mecha de una crisis más grave.